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PONENCIA FINAL:
"El laicado europeo: situación y perspectivas"
Madrid, 14 de noviembre de 2004
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Excmo. y Rvdmo. D. Stanislaw
Rylko, Presidente del Pontificio Consejo para los
Laicos |
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1. Al finalizar este Congreso
del apostolado de los laicos resulta ineludible lanzar una mirada
sobre Europa. Los cambios epocales que están marcando
la idiosincrasia de nuestro continente exigen que la presencia
de los cristianos sobrepase los confines de sus respectivos
Países, y que su testimonio y su empeño se difundan
hasta que su voz resuene en el inmenso areópago de la
Europa de hoy. Un espacio repleto de desafíos, como veremos.
Precisamente, entre las responsabilidades mayores que afronta
el laicado europeo - del que esta relación tratará
de describir la situación y las perspectivas - destaca
la responsabilidad de ejercer la ciudadanía europea,
especificada por la conciencia de la propia identidad de bautizados.
Empezamos pues por trazar un
retrato de nuestro continente. ¿Cómo es, qué
es la Europa de nuestros días? ¿Cuáles
son sus rasgos característicos? La Europa de hoy presenta
caras diferentes y bajo algunos aspectos contradictorias. Está
la Europa de las grandes ilusiones y las grandes esperanzas
de progreso, de libertad y democracia, de bienestar, de solidaridad
y de paz. En una palabra, la Europa soñada por sus fundadores
como casa común de los pueblos europeos desde el Atlántico
hasta los Urales. Y está la otra Europa, la que engendra
preocupación y fuerte perplejidad (1). Es la Europa de
los nuevos muros divisorios, de democracias cada vez más
frágiles, tocadas por una profunda crisis de valores
y amenazadas por antiguas y nuevas ideologías, entre
las que destaca la ideología del "políticamente
correcto". Basada sobre el relativismo nihilista, esta
ideología genera una cultura hostil al hombre desde diversos
puntos de vista, especialmente en el ámbito del respeto
de la dignidad de la persona humana, del derecho a la vida,
de la institución familiar, de la libertad educativa.
Es la Europa opulenta que está perdiendo su alma; el
continente de la "apostasía silenciosa" de
una humanidad harta que vive como si Dios no existiese (2),
y en el que la secularización asume forma institucional,
convertida en un neopaganismo combatiente con dogmas propios
y misioneros aguerridos. La cultura dominante de nuestro tiempo
ha infiltrado en las mismas instituciones europeas un fuerte
prejuicio anticristiano. Lo reconocen incluso observadores que
se autodefinen "laicos", uno de los cuales escribe
al respecto: «El prejuicio anticristiano es el pórtico
de la secularización ya profusamente consumada en Europa.
En el espacio público de la Europa secularizada, los
cristianos pueden ser tolerados sólo si son "transigentes"
con las ideologías dominantes» (3). Tenemos aquí
la Europa del pluralismo sin límites y sin brújula,
que renegando sus raíces cristianas pierde cada vez más
su identidad.
Entonces: ¿Adónde
vas Europa? Quo vadis Europa? Esta pregunta se la ponen hoy,
con profunda inquietud, muchos ciudadanos europeos. Nos la ponemos
también nosotros al final de este Congreso. Y la ponemos
aquí, en España, de dónde en el ya lejano
1982 partió aquel grito profético de Juan Pablo
II: «Yo Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal,
desde Santiago de Compostela, grito con amor a ti, antigua Europa:
¡Renueva tus raíces! Vuelve a vivir los valores
auténticos que han hecho gloriosa tu historia y fecunda
tu presencia en los otros continentes [...]. Tú puedes
ser aún faro de civilización y estímulo
de progreso para el mundo. Los otros continentes te miran y
esperan de ti la respuesta que Santiago le dio a Cristo: "Lo
puedo"» (4). Y, veinte años después,
concluido el proceso de cambios radicales desencadenados en
Europa por el derrumbamiento de los regímenes comunistas,
el Papa - gran profeta de esperanza - no se cansa de repetir:
«Europa, que estás comenzando el tercer milenio,
"vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre
tus orígenes. Aviva tus raíces" [...] ¡No
temas! El Evangelio no está contra ti, sino a tu favor
[...]. ¡Ten confianza! En el Evangelio, que es Jesús,
encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras
[...]. ¡Ten seguridad! ¡El Evangelio de la esperanza
no defrauda!» (5) Nace de aquí el motivo que tanto
preocupa al Papa y a toda la Iglesia por la omisión de
esa referencia a las raíces cristianas en el Tratado
constitucional europeo, firmado en Roma el 29 de octubre pasado,
porque: «¡Una sociedad que olvida su pasado está
expuesta al riesgo de no ser capaz de afrontar su presente y,
peor aún, de llegar a ser víctima de su futuro!»
(6).
Al finalizar los trabajos del
Congreso del apostolado de los laicos, el horizonte que se abre
ante vosotros es precisamente éste: Europa como tierra
de misión. La nueva evangelización de nuestro
continente es una tarea urgente, que debe correr a cargo de
los mismos cristianos europeos. Cada uno de ellos debe sentirse
interpelado hic et nunc, aquí y ahora. El dramatismo
de los tiempos, debe hacer subir a los labios de cada uno las
palabras del viejo proverbio:«¿Si yo no, quién
en mi lugar? ¿Si ahora no, cuándo?» Escribe
el Papa en la Christifideles laici: «Nuevas situaciones,
tanto eclesiales, como sociales, económicas, políticas
y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción
de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre
algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más
culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso»
(7).
2. Sobre el fondo de la Europa
de nuestros días, tratemos ahora de delinear otro retrato,
el retrato del cristiano laico que tanto la Iglesia en Europa
como la misma Europa necesitan con extrema urgencia. ¿Cuáles
son los rasgos que deberían caracterizarlo? En mi opinión,
son tres los rasgos fundamentales. El primero es una identidad
clara y firme. El intento de neutralizar la presencia cristiana
en el mundo de hoy pasa por la propuesta de modelos de vida
que siembran confusión y extravío también
entre los discípulos de Cristo. En muchos la cultura
del pensamiento débil genera personalidades frágiles,
fragmentadas, incoherentes. El dogma del "políticamente
correcto" se convierte en un imperativo absoluto, que contradiciéndose
a sí mismo, alimenta un peligroso proceso de homologación.
Y, a pesar de sus continuas llamadas a la tolerancia, de hecho
no tolera la más mínima diversidad. En la actual
sociedad pluralista toda expresión explícita de
la propia identidad cristiana viene etiquetada como fundamentalismo
o integrismo. Por ello, la fe se convierte en un hecho rigurosamente
confinado a la esfera de la vida privada.
Ante esta situación, ¿cómo
defender y cómo reforzar nuestra identidad católica
en la sociedad posmodema que quiere hacemos "invisibles"
en cuanto cristianos, porque somos incómodos? Hoy más
que nunca se necesitan cristianos coherentes, con una fuerte
conciencia de su vocación y de su misión. Para
un cristiano - como el Papa nos recuerda -"ser uno mismo"
es fundamental: «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento,
que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil
del "hacer por hacer". Tenemos que resistir a esta
tentación, buscando "ser" antes que "hacer"»
(8). Hace falta pues redescubrir la esencia del cristianismo:
el encuentro personal con Jesucristo. Redescubrir el cristianismo
como un acontecimiento real que ocurre hoy en nuestra vida,
como ocurrió en la vida de los primeros discípulos.
El cristianismo no es una doctrina por aprender, ni tampoco
un simple código ético. El cristianismo es una
Persona, la persona viva de Cristo que hay que encontrar y acoger
en la propia vida. Porque sólo este encuentro cambia
realmente la existencia de las personas y da el sentido último
y definitivo a nuestro destino. El Papa no deja de recordárnoslo:
«No, no será una fórmula lo que nos salve,
pero sí una Persona y la certeza que ella nos infunde:
¡Yo estoy con vosotros!» (9).
Para nosotros cristianos ha llegado
el momento de reconocer el valor y la belleza de una vocación
y de una misión vividas a fondo. Y ha llegado el momento
de liberamos de nuestros complejos de inferioridad respecto
al mundo así llamado laico, para ser atrevidamente nosotros
mismos, discípulos de Cristo. ¡Debemos reapropiamos
el significado de nuestra identidad y estar orgullosos de ella!
Hace falta por tanto remontar hasta el Bautismo y al cometido
que este sacramento tiene en la vida del cristiano. Como Juan
Pablo II explica: «No es exagerado decir que toda la existencia
del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la
radical novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento
de la fe, con el fin de que pueda vivir sus compromisos bautismales
según la vocación que ha recibido de Dios»
(10). He aquí el punto del que siempre hay que partir:
el Bautismo y una verdadera y adecuada iniciación cristiana
de los bautizados. Todo el patrimonio genético, por así
decir, del cristiano se contiene en este sacramento. «Criatura
nueva» (2 Cor 5,17), el bautizado tiene el deber de testimoniar
en el mundo la novedad y la belleza de la vida recibida gratuitamente
en Cristo. Las riquezas espirituales encerradas en el Bautismo
son asombrosas y es nuestra misión tratar de vivirlas
en plenitud. Ser santo no significa otra cosa. La santidad es
sólo un «"alto grado" de la vida cristiana
ordinaria» (11). "Ciertamente, vivir hasta el fondo
la propia vocación cristiana no es fácil: requiere
la capacidad de elecciones radicales y requiere a menudo el
coraje de ir contracorriente y el empeño en una lucha
permanente contra la mediocridad que siempre nos acecha. Pero
merece la pena apostar por esta aventura espiritual que, única
en su género, no decepciona. Ser cristiano significa
ser portadores en el mundo de una energía divina asombrosa.
No sin motivo, san Leo Magno exhortaba: «¡Reconoce,
oh cristiano, tu dignidad!» (Sermo XXI, 3). No sin motivo,
durante el Jubileo del apostolado de los laicos del año
2000 el Papa decía: «Si sois lo que debéis
ser, es decir, si vivís el cristianismo sin componendas,
podréis incendiar el mundo» (12) No necesitamos
otra cosa...
3. Volvamos a nuestro retrato
del cristiano laico. La segunda peculiaridad que debería
caracterizarlo - estrechamente unida a la anterior - es la audacia
de una presencia visible e incisiva en la sociedad; la audacia
de ser verdaderamente «levadura evangélica»,
«sal y luz» del mundo. En no pocos Países
europeos, incluso en aquellos de antigua tradición cristiana,
nosotros los cristianos estamos convirtiéndonos en una
minoría. Pero un conocido escritor católico italiano
advierte que no es este nuestro verdadero problema. Nuestro
verdadero problema, dice Vittorio Messori, no es ser minoritarios
sino haber llegado a ser marginales, irrelevantes. La sal en
las comidas es minoritaria, pero da sabor; la levadura en la
masa es minoritaria, pero hace fermentar. Por falta de coraje
y por nuestra mediocridad, nosotros los cristianos llegamos
a ser cada día más insignificantes e inútiles:
una sal que ya no da sabor, una levadura que no fermenta, una
luz apagada (13). Cristo sigue diciendo a cada generación
de cristianos, y por tanto también a la nuestra: «Vosotros
sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa,
¿con qué se la salará? [...] Vosotros sois
la luz del mundo [...] Brille así vuestra luz delante
de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen
a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,
13-16). Pero un conformismo seductor, dictado por la cultura
dominante, nos ha domesticado y nos hemos vuelto sosos, apagados,
invisibles. Hoy se podría incluso llegar a afirmar que
esta irrelevancia es la condición sine qua non para que
la sociedad soporte la presencia de los católicos en
la vida pública y política. Así, el ejercicio
de la tolerancia, principio portaestandarte del mundo "políticamente
correcto", está también regulado por pesos
y medidas diferentes. A este propósito escribe el cardenal
Joseph Ratzinger: «Pienso que podría llegarse a
una situación en la que haga falta oponer resistencia;
resistencia a una dictadura de tolerancia aparente que intenta
poner fuera de juego el escándalo de la fe, liquidándolo
como intolerante. Sale así a relucir la intolerancia
de los "tolerantes". Pero la fe no busca el conflicto,
busca un espacio de libertad y de tolerancia recíproca»
(14).
Los cristianos, al igual que
los demás, tienen derecho a participar activamente en
la vida pública y en los debates culturales, económicos
y políticos que les conciernen como ciudadanos, y tienen
el derecho de ocupar puestos institucionales. Desgraciadamente
en los últimos tiempos se van difundiendo en Europa ideas
que ponen en peligro, bajo diversos aspectos, el efectivo ejercicio
de la libertad religiosa. El Papa ha tratado este argumento
en muchas ocasiones, especialmente en el contexto del reciente
debate sobre el Tratado constitucional europeo y sobre la laicidad
del Estado, pronunciando palabras muy fuertes y decididas: «Se
invoca a menudo el principio de la laicidad, de por sí
legítimo, si se entiende como la distinción entre
la comunidad política y las religiones [...]. Sin embargo,
¡distinción no quiere decir ignorancia! ¡Laicidad
no es laicismo! Es únicamente el respeto de todas las
creencias por parte del Estado, que asegura el libre ejercicio
de las actividades del culto, espirituales, culturales y caritativas
de las comunidades de creyentes. En una sociedad pluralista,
la laicidad es un lugar de comunicación entre las diversas
tradiciones espirituales y la nación». (15) El
debate sobre las raíces cristianas de Europa ha puesto
en toda su evidencia una preocupante cerrazón ideológica
de las instituciones comunitarias frente al hecho religioso
y especialmente frente al cristianismo; un síntoma que
no puede dejar de suscitar en nosotros una profunda preocupación.
Es este, a grandes líneas,
el contexto socio-cultural en el que hoy nos llega también
la voz de Cristo: «Vosotros sois la sal de la tierra [...].
Vosotros sois la luz del mundo». La fe no es una cuestión
privada. Los discípulos de Cristo tienen una misión
precisa que cumplir en el mundo, en el que son llamados a cuidar
y hacerse cargo del hombre, de su dignidad, de su verdad integral.
No es una tarea fácil. Se requiere una conciencia moral
recta, bien formada, fiel al magisterio de la Iglesia. Porque,
la transformación del mundo y de sus estructuras o pasa
a través de las conciencias o se reduce a cambios superficiales
y efímeros. Se necesita el coraje de una presencia visible
e incisiva, el coraje de ser "signo de contradicción"
en el mundo. Desgraciadamente, hoy, aumenta el número
de los cristianos que viven por así decir un cristianismo
"anagráfico" o condicional y limitativo. Son
aquellos cuyo nombre duerme en el registro de los bautizados
y basta. Y son aquellos que a menudo escuchamos decir: "Soy
católico, pero...", "Soy creyente, pero...".
Frecuentemente nosotros los cristianos corremos tras los dictados
de la cultura dominante, imitando los discursos de este mundo
y olvidando quiénes somos. Varias veces, en los últimos
tiempos el Papa ha vuelto a animar los católicos a participar
activamente en la vida pública de sus propios países,
aportando el empuje profetice del Evangelio y toda su frescura
creativa. Los cristianos pueden ser los artífices del
proyecto de un mundo que corresponda verdaderamente a la dignidad
de la persona humana y a su vocación trascendente. Y
pueden ser verdaderos "pioneros" de la modernidad
(16). Es importante que conozcan la doctrina social de la Iglesia
y se inspiren constantemente en sus principios porque, como
ha escrito Juan Pablo II: «Para la Iglesia enseñar
y difundir la doctrina social pertenece a su misión evangelizadora
y forma parte esencial del mensaje cristiano» (17). En
este sentido, la reciente publicación del "Compendio
de la Doctrina Social de la Iglesia" (18) es una importante
ayuda tanto para los Pastores como para los fieles laicos. En
este inicio de milenio, los cristianos debemos despertarnos
del letargo de la superficialidad, de la distracción
y de la indiferencia. Debemos contemplar el coraje de los confesores
de la fe. Debemos recuperar la certeza de la fe en Jesucristo.
Un coraje y una certeza basadas en la promesa del Señor:
«He aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).
4. La tercera y última
peculiaridad del retrato del cristiano laico que estamos delineando
es el sentido de la pertenencia eclesial. ¿Por qué
es esta característica tan importante? La vida moderna
nos hace experimentar y, a veces, nos impone compromisos de
todo tipo, connotados por la parcialidad, la superficialidad,
y no raramente antitéticos. El resultado son los casos
cada vez más frecuentes de fragmentación, e incluso
de desintegración de las personalidades y de crisis dramáticas
de identidad. El hombre de hoy, obligado a jugar muchos papeles
diferentes y a menudo incompatibles, al final se desorienta
y no sabe ya quién es. Este riesgo lo corren también
aquellos cristianos a quienes falta un punto firme de referencia,
el sentido de una pertenencia fuerte y "totalizante",
capaz de unificar todas las dimensiones de la vida y de darle
un sentido completo. Uno de los desafíos que la sociedad
posmodema lanza a la Iglesia es precisamente éste: cómo
fomentar en los cristianos el sentido de la pertenencia eclesial,
premisa indispensable para todo proceso de educación
y formación en la fe. Dice el Catecismo de la Iglesia
Católica: «"Creer" es un acto eclesial.
La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra
fe» (19).
En este contexto, ¿cómo
no hacer referencia a la "nueva época asociativa"
de los fieles laicos, verdadero don del Espíritu Santo
a la Iglesia de hoy? Juan Pablo II la indica como uno de los
signos más prometedores de la "primavera cristiana",
nacida del Concilio Vaticano II a través de su eclesiología
y su teología del laicado (20). Las asociaciones laicales,
los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades son de importancia
vital para la Iglesia en los albores del nuevo milenio, pues
suscitan en muchos laicos un fuerte sentido de pertenencia eclesial.
Desde este punto de vista, estamos viviendo en la Iglesia un
verdadero kairos particular. Vienen a la mente las palabras
del Profeta: «He aquí que yo lo renuevo: ya está
en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo
en el desierto un camino, ríos en el páramo»
(Is 43,19). Esta nueva época asociativa de los fieles
laicos no hay que verla por tanto como un problema, sino como
un don y como una oportunidad pastoral para las mismas parroquias,
que continúan «conservando y ejerciendo su misión
indispensable y de gran actualidad en el ámbito pastoral
y eclesial» (21).
El Papa, grande e incansable
promotor de esta "nueva época asociativa",
reclama el renacimiento y el crecimiento de beneméritas
asociaciones laicales presentes en la Iglesia desde antaño,
como la Acción Católica: «Acción
católica, ¡no tengas miedo! Perteneces a la Iglesia
y te ama el Señor, que guía siempre tus pasos
hacia la novedad jamás descontada y jamás superada
del Evangelio» (22). Y al mismo tiempo sigue con amor
paternal los carismas que el Espíritu Santo no deja de
prodigar con generosidad también a la Iglesia de nuestros
días. ¿Cómo no recordar en este momento
las vibrantes palabras del Papa a los participantes al inolvidable
encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades
en la Plaza de San Pedro en 1998? «En nuestro mundo, frecuentemente
dominado por una cultura secularizada que fomenta y propone
modelos de vida sin Dios - decía Juan Pablo II en aquella
ocasión -, la fe de muchos es puesta a dura prueba y
no pocas veces sofocada y apagada. Se advierte entonces con
urgencia la necesidad de un anuncio fuerte y de una sólida
y profunda formación cristiana. ¡Cuánta
necesidad existe hoy de personalidades cristianas maduras, conocedoras
de su propia identidad bautismal, de su propia vocación
y misión en la Iglesia y en el mundo! ¡Cuánta
necesidad de comunidades cristianas vivas! Y he aquí
ahora, los movimientos y las nuevas comunidades eclesiales.
Ellos son una respuesta suscitada por el Espíritu Santo
a este dramático desafío del fin del milenio.
¡Ellos son, vosotros sois, esta respuesta providencial!»
(23) Aquí merece la pena destacar como gran parte de
los nuevos movimientos eclesiásticos han nacido precisamente
en Europa, signo evidente de la vitalidad de la Iglesia en nuestro
continente. Las asociaciones, los movimientos eclesiales y las
nuevas comunidades son verdaderos "laboratorios de la fe",
escuelas de santidad y de comunión, escuelas de fuerte
pertenencia eclesial, es decir de una pertenencia que marca
la vida.
5. El retrato del laico cristiano
europeo que hemos intentado trazar no es un ideal inalcanzable
o una utopía. En nuestra vieja Europa hay muchos cristianos
que han propuesto como programa de sus vidas estas prerrogativas
apenas bosquejadas y son por ello felices. Ciertamente, ¡se
necesitan muchos más! «¡La mies es mucha
y los obreros pocos! Rogad, pues, al Dueño de la mies
que envíe obreros a su mies» (Mt 9,38). Europa
tiene necesidad de muchos y auténticos confesores de
la fe.
Cuando se habla de confesores
de la fe, el pensamiento vuela espontáneamente a tantos
mártires que con su sangre han dado particular fecundidad
espiritual al anuncio cristiano también en el continente
europeo: «La sangre de los mártires es la semilla
de los confesores», dice Tertuliano (24). Juan Pablo II
nos lo ha recordado con ocasión del Gran Jubileo del
año 2000: «En nuestro siglo han vuelto los mártires,
con frecuencia desconocidos, casi «militi ignoti»
de la gran causa de Dios. [...] no debe perderse en la Iglesia
su testimonio» (25). Pensamos en las listas de víctimas
causadas por las persecuciones religiosas perpetradas en el
siglo veinte por las inhumanas ideologías ateas del comunismo
y el nazismo, tanto en el Este como en el Oeste. Y pensamos
en los mártires de esta tierra de España. Debemos
recordarlos. Y debemos medirnos con su ejemplo, aunque no sea
fácil. Porque los mártires de ayer interpelan
nuestro modo de ser cristianos hoy; quizás demasiado
cómodo, demasiado diluido, demasiado condescendiente
con las tendencias de la modernidad. Ellos nos interpelan sobre
el uso que hacemos del don de la libertad. "Semilla de
confesores", los mártires son en la Iglesia un manantial
vivo de renacimiento espiritual y «la encarnación
suprema del Evangelio de la esperanza» (26).
Juan Pablo II, gran profeta
de esperanza en nuestros días, sigue infundiéndonos
ánimo: «¡Iglesia en Europa, te espera la
tarea de la "nueva evangelización"! Recobra
el entusiasmo del anuncio [...] El anuncio de Jesús,
que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón
de ser. Continúa con renovado ardor en el mismo espíritu
misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando
desde la predicación de los apóstoles Pedro y
Pablo, ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos
evangelizadores del continente europeo» (27).
Quiera el Señor que este
Congreso marque un hito en la vida de muchos cristianos laicos
españoles y que los empuje a un continuo descubrimiento
del valor y de la belleza de su vocación y misión
en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. «Duc
in altum! ¡Caminemos con esperanza!»(28).
NOTAS
1.- Un atento observador
la describe con este lucidísimo análisis: «Caído
el totalitarismo comunista, otro espectro incumbe sobre Europa:
el totalitarismo democrático. Mientras avanza y se extiende
la integración de los pueblos en la "familia"
de Europa, progresa en sentido inverso la desintegración
de la persona, que cada vez encuentra más dificultad
en relacionarse con los demás. La Europa nacida en la
mente y el corazón de tres grandes europeos, navega ahora
en un "pluralismo sin fronteras", expuesta a todos
los vientos, dispuesta a venderse al menor postor. "Nunca
la diversidad ha sido una culpa tan espantosa como en este período
de tolerancia" (Pasolini). El atractivo de un "futuro
luminoso" se consuma en el atractivo del vacío»
(Editoriale, "La Nuova Europa" [2004] pág.
2).
2.- Cfr JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Ecclesia in Europa, n.
9.
3.- A. PANEBIANCO, Europa,
giudizi e pregiudizi, "Corriere della Sera", 16 de
octubre de 2004, pág. 1. El mismo autor añade:
«La prueba definitiva de la raigambre de este prejuicio
anticristiano mayoritario ha sido el rechazo de introducir una
referencia a las raíces cristianas en el preámbulo
de identidad del Tratado constitucional europeo [...] En nombre
de sus (nuevos) prejuicios, Europa ha llegado al colmo de borrar
una historia bimilenaria y de fingirse nacida ayer (con la Ilustración
y la Revolución francesa). Sin comprender que renegar
de la propia historia conlleva el rechazo de su identidad creíble.
La laicidad de las instituciones europeas no habría sido
comprometida por aquella referencia, y en cambio habría
sido respetada la verdad histórica, sin la cual nunca
se puede aspirar a una identidad seria».
4.- JUAN PABLO II, Atto
europeistico, "La traccia" II (1982), 1337/X.
5.- JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Ecclesia in Europa, nn. 120-121.
6.- JUAN PABLO II, Discurso
a los participantes en el seminario organizado por la fundación
"Robert Schuman "para la cooperación de los
demócratas cristianos de Europa (7 de noviembre de 2003),
n. 2.
7.- JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, n. 3.
8.- JUAN PABLO II, Carta
apostólica Novo millenio ineunte, n. 15.
9.- Ibidem, n. 29.
10.- JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Christifideles laici, n. 10.
11.- JUAN PABLO II, Carta
apostólica Novo millenio ineunte, n. 31.
12.- JUAN PABLO II, Homilía
en la solemnidad de Cristo Rey. Jubileo del apostolado de los
laicos (26 de noviembre de 2000), n. 5.
13.- Cfr V. MESSORI, Confessori
della fede nel nostro tempo, in: Riscoprire la Confermazione,
Pontificium Consilium pro Laicis, Cittá del Vaticano
2000, pág. 22.
14.- J. RATZINGER, Dio
e U mondo, Edizioni San Paolo, Cinisello Balsamo 2001, pág.
415.
15.- JUAN PABLO II, Discurso
al Cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede (12
de enero de 2004), n. 3.
16.- Cfr. JUAN PABLO II,
Mensaje a los participantes en la 44ª Semana Social de
los Católicos Italianos, "L' 0sservatore Romano",
9 de octubre de 2004, pág. 4.
17.- JUAN PABLO II, Carta
encíclica Centesimus annus, n. 5.
18.- CONSEJO PONTIFICIO
DE LA JUSTICIA Y DE LA PAZ, Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia, Librería Editrice Vaticana, Cittá
del Vaticano 2004.
19.- Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 181.
20.- Cfr. JUAN PABLO II,
Exhortación apostólica Christifideles laici, n.
29.
21.- JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Ecclesia in Europa, n. 15.
22.- JUAN PABLO II, Discurso
a los participantes en la IX Asamblea nacional de la Acción
Católica Italiana (26 de abril 2002), n. 4.
23.- JUAN PABLO II, Discurso
con motivo del Encuentro de los Movimientos eclesiales y de
las nuevas Comunidades (30 de mayo de 1998). "L' 0sservatore
Romano", 1-2 junio 1998, pág. 6.
24.- «Sanguis martyrum,
semen christianorum» (Apol., 50, 13: CCL I, 171).
25.- JUAN PABLO II, Carta
apostólica Tertio millennio adveniente, n. 37.
26.- JUAN PABLO II, Exhortación
apostólica Ecclesia in Europa, n. 13.
27.- Ibidem, n. 45.
28.- JUAN PABLO II, Carta
apostólica Novo millenio ineunte, n. 58.
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