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COMUNICADO FINAL
Palacio Municipal de Congresos
Madrid, a 14 de noviembre de 2004
Los participantes en este Congreso
de Apostolado Seglar, procedentes de todas las diócesis
de España y de las Asociaciones y Movimientos Eclesiales,
queremos expresar en primer lugar nuestra comunión en
la fe de la Iglesia Católica y nuestra adhesión
y gratitud al Papa Juan Pablo II por su ministerio infatigable
al servicio de toda la Iglesia y su aliento a la fidelidad a
la vocación y a la misión de los fieles cristianos
laicos.
En comunión con nuestros
Obispos, al finalizar este Congreso en el que hemos compartido
nuestra fe y nuestras preocupaciones, manifestamos nuestro deseo
de ser testigos de la esperanza que ha sido introducida en la
historia por Jesucristo, el Hijo de Dios.
Conmemoración del Año
de la Eucaristía y días en los que hemos sido
llamados a redescubrir las fuentes de las que brota la vida
cristiana: el Bautismo que nos injerta en el cuerpo de la Iglesia,
la palabra de Dios que ilumina nuestra conciencia, la Eucaristia
que nos da alimento para el camino y el testimonio de la caridad
fraterna, signo de la misericordia y el perdón de Dios.
Sólo la santidad, que
es el nombre de la humanidad transformada por Jesucristo, puede
ofrecer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, una respuesta
a la altura de sus verdaderas necesidades.
Nos sentimos enviados a la misión,
que consiste en comunicar la vida nueva de Jesucristo, presente
en la comunión de la Iglesia, allí donde se desarrolla
la vida de nuestros hermanos los hombres. Somos conscientes
de que a pesar de la marginación social y cultural que
tantas veces sufre la fe en nuestra sociedad, la espera del
anuncio cristiano sigue viva entre nuestros contemporáneos.
En este Congreso hemos tomado
conciencia del momento histórico que vivimos, marcado
por el alejamiento de Dios y el relativismo moral que provocan
un verdadero daño.
Sin embargo, las dificultades
del momento presente no nos asustan, sino que despiertan aún
más nuestro deseo de salir al encuentro de todos los
hombres con la propuesta de la vida cristiana.
Durante este Congreso hemos abordado
los diferentes campos en los que se hace urgente una renovada
presencia cristiana.
— Los jóvenes,
con sus aspiraciones, búsqueda y frustraciones, siempre
abiertos al encuentro sencillo y luminoso con Jesucristo,
el único que sabe hablarles al corazón.
— La familia, basada
en el matrimonio entre hombre y mujer, y abierta a la vida,
que precisa junto a la adecuada tutela legal, el alimento
del Evangelio para sostenerse en su misión.
— Nuestra sociedad con
sus diferentes areópagos, que necesita la sabia de
la vida cristiana para no perderse en la confusión
y el sinsentido.
— El mundo económico
y laboral, afectado por transformaciones profundas y por una
mentalidad economicista, que demanda una nueva experiencia
de la dignidad y el significado del trabajo humano.
— Los medios de comunicación,
forjadores de la mentalidad y la cultura, en los que es preciso
hacer oir la voz plena de humanidad de la experiencia cristiana.
Para responder a estos desafíos,
los fieles laicos necesitamos vivir en la comunión de
la Iglesia, alimentados por la enseñanza de sus pastores
y sostenidos por el testimonio de la santidad de sus mejores
hijos.
A María, Madre de Cristo
y de la Iglesia de la cual en este año celebramos el
150 aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada
Concepción, encomendamos los frutos de este Congreso
para que se manifiesten en una renovada presencia de la fe cristiana
en este momento esperanzador de nuestra historia.
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